sábado, junio 02, 2007
Montamat recuerda a Séneca a propósito de la crisis energética: "Nunca hay vientos favorables para un barco que no tiene rumbo"
La crisis energética expone la falta de previsión, la ausencia de planificación y, básicamente, la ignorancia de la Administración Kirchner. El presidente, Néstor Kirchner, desprecia cualquier consejo. El ministro Julio De Vido es un desconocedor orgulloso de su desconcomiento. El secretario de Energía, Daniel Cameron, carece de una opinión relevante (De Vido lo ha desautorizado en público en varias ocasiones). Daniel Montamat es autor del ensayo 'La energía argentina' (Editorial El Ateneo), donde expone qué ocurre con el fracaso energético argentino presente. Aquí algunos aspectos al respecto.
"Nunca hay vientos favorables para un barco que no tiene rumbo",Séneca.
Si no hay cortes masivos de electricidad, el gobierno inaugurará el año electoral ratificando su apuesta de que todo está bajo control en materia energética y renovando sus críticas a los "agoreros" de siempre. Si, en cambio, hay cortes importantes que trasciendan a los medios y no se puedan minimizar, la culpa la tendrá el clima, las empresas y el vertiginoso crecimiento económico, en ese orden.
Mientras tanto, el país va camino a perder una importante ventaja comparativa (energía segura y a precios competitivos), cuando todavía tiene pendiente un proyecto productivo para desarrollar ventajas competitivas (valor agregado exportable).
Es cierto que el futuro energético preocupa a todo el mundo. El paradigma fósil, del que depende casi en un 80% el abastecimiento mundial de energía, tiene problemas con el medio ambiente, que se suman a los condicionantes geopolíticos (concentración de reservas en Oriente Medio) y a las dudas de algunos geólogos sobre la inminencia de alcanzar el pico productivo mundial del petróleo (campana de Hubbert-Cambell).
Para colmo, el gas natural, que se insinuaba como un sustituto intrafósil menos contaminante, hoy está expuesto a la incertidumbre de suministro generado por algunas decisiones de Rusia y por la amenaza de una colusión de productores que remede los pasos de la OPEP.
Por su abundancia y distribución, se ha empezado a revalorizar el carbón mineral (pese a que sus emisiones de gases de efecto invernadero representan el 304 de las emisiones totales) con expectativas de mejorar la eficiencia comustible para la generación eléctrica, y promesas de avances tecnológicos en el "secuestro" y almacenamiento de sus gases contaminantes.
También se vuelve a hablar del fin de la 'pausa nuclear', con una nueva generación de plantas más seguras y un destino más controlado para los desechos radioactivos (aunque ha aumentado la suspicacia sobre la desviación de tecnología para fines bélicos). Los combustibles de la biomasa ganan su espacio pero todavía compiten con la materia prima alimentaria, y las energías renovables más publicitadas (solar y eólica) crecen a tasas exponenciales pese a no representar en el presente, ni en el futuro mediato, una masa crítica entre las fuentes de energía que mueven el planeta.
Si el mundo enfrenta el dilema energético, ¿por qué habría de ser la Argentina la excepción? Porque teníamos todas las condiciones para contar con relativa abundancia energética y precios favorables, y con la posibilidad de transformar esa ventaja en un eje de una estrategia de desarrollo económico y social.
La curva de oferta y demanda de cualquier bien, también de los energéticos, es una sucesión de puntos que relacionan valores de precio y cantidad. No se pueden afectar los precios sin tener consecuencias sobre las cantidades.
No se pueden afectar los precios sin tener consecuencias sobre las cantidades. A su vez, cuando se trata de producir bienes en industrias capital intensivas, no se puede operar sobre las cantidades sin tener señales de precio de largo plazo.
Las reglas y las señales de precio en la industria energética son parte de las definiciones que impone una estrategia de largo plazo, imprescindible para tener un sector sustentable. Con la energía como rehén del corto plazo político, la transición posdevaluatoria se prolongó 'sine die', con precios y reglas que exacerbaron la demanda y frenaron la inversión.
Reinventamos lo de la 'energía nueva' y lo de los '2 mercados, 2 precios'; una para divorciar las inversiones nuevas del capital hundido, y otro para divorciar el mercado doméstico del mercado regional e internacional.
Como consecuencia, estamos consumiendo los excedentes energéticos y vamos camino a importar cada vez más, a los valores de referencia internacional más el transporte hasta estas latitudes.
El autismo energético argentino fue determinante en el atraso y la involución que registra la agenda de integración energética regional. A la declinación y madurez de nuestras cuencas sedimentarias, ya no podemos asegurarles el alivio de un suministro confiable y a precios competitivos que provenga de nustros vecinos regionales.
La sociedad, con segmentos vulnerables que deberían haber sido aislados del 'efecto precio' por una tarifa social, ya se ha hecho al hábito de consumir energía barata con subsidios que benefician más a los ricos que a los pobres.
Las empresas pagan mucho más la energía nueva, y el gobierno promete que, con inversión pública, sustituirá el déficit de inversión privada. Pero todos empiezan a presumir que hay un fin de fiesta y que cuando esta acabe, con lógica freudiana, algún otro tendrá la culpa de nuestras desventuras energéticas.
Hoy la energía es parte del problema económico argentino, cuando debería ser una ventja comparativa para atraer inversiones productivas que consoliden el crecimiento y el empleo.
También es parte del problema económico regional, cuado debería uno de los activos de un Cono Sur integrado frente a los otros bloques económicos del mundo.
La crisis energética expone la falta de previsión, la ausencia de planificación y, básicamente, la ignorancia de la Administración Kirchner. El presidente, Néstor Kirchner, desprecia cualquier consejo. El ministro Julio De Vido es un desconocedor orgulloso de su desconcomiento. El secretario de Energía, Daniel Cameron, carece de una opinión relevante (De Vido lo ha desautorizado en público en varias ocasiones). Daniel Montamat es autor del ensayo 'La energía argentina' (Editorial El Ateneo), donde expone qué ocurre con el fracaso energético argentino presente. Aquí algunos aspectos al respecto.
"Nunca hay vientos favorables para un barco que no tiene rumbo",Séneca.
Si no hay cortes masivos de electricidad, el gobierno inaugurará el año electoral ratificando su apuesta de que todo está bajo control en materia energética y renovando sus críticas a los "agoreros" de siempre. Si, en cambio, hay cortes importantes que trasciendan a los medios y no se puedan minimizar, la culpa la tendrá el clima, las empresas y el vertiginoso crecimiento económico, en ese orden.
Mientras tanto, el país va camino a perder una importante ventaja comparativa (energía segura y a precios competitivos), cuando todavía tiene pendiente un proyecto productivo para desarrollar ventajas competitivas (valor agregado exportable).
Es cierto que el futuro energético preocupa a todo el mundo. El paradigma fósil, del que depende casi en un 80% el abastecimiento mundial de energía, tiene problemas con el medio ambiente, que se suman a los condicionantes geopolíticos (concentración de reservas en Oriente Medio) y a las dudas de algunos geólogos sobre la inminencia de alcanzar el pico productivo mundial del petróleo (campana de Hubbert-Cambell).
Para colmo, el gas natural, que se insinuaba como un sustituto intrafósil menos contaminante, hoy está expuesto a la incertidumbre de suministro generado por algunas decisiones de Rusia y por la amenaza de una colusión de productores que remede los pasos de la OPEP.
Por su abundancia y distribución, se ha empezado a revalorizar el carbón mineral (pese a que sus emisiones de gases de efecto invernadero representan el 304 de las emisiones totales) con expectativas de mejorar la eficiencia comustible para la generación eléctrica, y promesas de avances tecnológicos en el "secuestro" y almacenamiento de sus gases contaminantes.
También se vuelve a hablar del fin de la 'pausa nuclear', con una nueva generación de plantas más seguras y un destino más controlado para los desechos radioactivos (aunque ha aumentado la suspicacia sobre la desviación de tecnología para fines bélicos). Los combustibles de la biomasa ganan su espacio pero todavía compiten con la materia prima alimentaria, y las energías renovables más publicitadas (solar y eólica) crecen a tasas exponenciales pese a no representar en el presente, ni en el futuro mediato, una masa crítica entre las fuentes de energía que mueven el planeta.
Si el mundo enfrenta el dilema energético, ¿por qué habría de ser la Argentina la excepción? Porque teníamos todas las condiciones para contar con relativa abundancia energética y precios favorables, y con la posibilidad de transformar esa ventaja en un eje de una estrategia de desarrollo económico y social.
La curva de oferta y demanda de cualquier bien, también de los energéticos, es una sucesión de puntos que relacionan valores de precio y cantidad. No se pueden afectar los precios sin tener consecuencias sobre las cantidades.
No se pueden afectar los precios sin tener consecuencias sobre las cantidades. A su vez, cuando se trata de producir bienes en industrias capital intensivas, no se puede operar sobre las cantidades sin tener señales de precio de largo plazo.
Las reglas y las señales de precio en la industria energética son parte de las definiciones que impone una estrategia de largo plazo, imprescindible para tener un sector sustentable. Con la energía como rehén del corto plazo político, la transición posdevaluatoria se prolongó 'sine die', con precios y reglas que exacerbaron la demanda y frenaron la inversión.
Reinventamos lo de la 'energía nueva' y lo de los '2 mercados, 2 precios'; una para divorciar las inversiones nuevas del capital hundido, y otro para divorciar el mercado doméstico del mercado regional e internacional.
Como consecuencia, estamos consumiendo los excedentes energéticos y vamos camino a importar cada vez más, a los valores de referencia internacional más el transporte hasta estas latitudes.
El autismo energético argentino fue determinante en el atraso y la involución que registra la agenda de integración energética regional. A la declinación y madurez de nuestras cuencas sedimentarias, ya no podemos asegurarles el alivio de un suministro confiable y a precios competitivos que provenga de nustros vecinos regionales.
La sociedad, con segmentos vulnerables que deberían haber sido aislados del 'efecto precio' por una tarifa social, ya se ha hecho al hábito de consumir energía barata con subsidios que benefician más a los ricos que a los pobres.
Las empresas pagan mucho más la energía nueva, y el gobierno promete que, con inversión pública, sustituirá el déficit de inversión privada. Pero todos empiezan a presumir que hay un fin de fiesta y que cuando esta acabe, con lógica freudiana, algún otro tendrá la culpa de nuestras desventuras energéticas.
Hoy la energía es parte del problema económico argentino, cuando debería ser una ventja comparativa para atraer inversiones productivas que consoliden el crecimiento y el empleo.
También es parte del problema económico regional, cuado debería uno de los activos de un Cono Sur integrado frente a los otros bloques económicos del mundo.