lunes, mayo 14, 2007

 
¡Socorro...!
El presidente, en su proclama de Alberti, le pidió al pueblo que lo auxilie para zafar de la difícil situación en que todos nos encontramos, y ciertamente es una demanda que debe ser atendida. Néstor Kirchner, cualquiera sea la simpatía que despierte en cada uno, es el único presidente que tenemos y aquella locura de 2001 no debe repetirse. Sería buena ahora la convocatoria a una ronda de consultas con las fuerzas vivas de la Nación, para que podamos avanzar hasta los comicios de octubre. El incendio que atiza en Santa Cruz muestra que sus paisanos le han tomado la mano y le pierden el miedo; el fantasma de la corrupción reaparece con el caso Skanska y con la sospechosa división de la causa quitándosela al juez López Biscayart, quien la iniciara; la innegable llamarada de inflación ha recrudecido, trayendo aparejado el desabastecimieto de carne y otros alimentos; y además, la criminalidad rampante evoca sentimientos de horror, todo lo cual crea una crispación que de inmediato se retrata en la comedia nacional del fútbol. En suma, Kirchner ha empezado a probar su propia medicina y nos pide a nosotros que lo saquemos del fangal en que se metió. Sostiene que los maestros y empleados públicos de Río Gallegos que fueron a molestar a su madre --dignísima señora, víctima de una estúpida agresión--, son patoteros. ¡Pero son los mismos o parecidos a los docentes de Neuquén que fueron a cortar las rutas de turismo en Semana Santa, y el propio Kirchner calificó de héroes cuando manifestaban contra su rival Jorge Sobisch! ¿No serán piqueteros como los que él ha usado para ocupar las calles y afianzarse en el poder o, aun, como sus asesores? Todos éstos usan o han usado los mismos cobardes métodos que el presidente condena en Santa Cruz. En buena hora si un gran acuerdo político logra meter en caja a la descabellada puja salarial y el consecuente reajuste de los precios, pero para eso el Poder Ejecutivo debería admitir la propia responsabilidad. Al sembrar vientos está recogiendo tempestades pero recién lo advierte Kirchner hoy, cuando estalla la rebelión en su granja, y se le despierta a él la mentalidad de patroncito. No hay ninguna conjura para echarlo: lo prueba la diáspora opositora. El rival de Kirchner es su propia política agresiva; el presidente lleva al enemigo adentro.





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