lunes, octubre 16, 2006
Dividere et imperare
El principio de “dividir para reinar” es al menos tan antiguo como el Imperio Romano, pero probablemente ayude más a explicar la estrategia política del presidente Néstor Kirchner que su denominación formal de “concertación”.El espíritu de unidad es completamente genuino cuando se trata de reunir a todo el mundo detrás de la causa presidencial: todos los partidos (incluido el peronismo al cual Kirchner ha estado adherido toda su vida) son sacrificados para tal fin.
Pero ese fin parece crecer con las polarizaciones y divisiones aparte de aquéllas por criterios clásicos de partidos políticos o clases sociales. De esta manera, Kirchner (casi sin ayuda) nacionalizó en la forma de disputa entre la Iglesia y el Estado, o que deberían ser elecciones de convencionales constituyentes en la lejana provincia de Misiones.
Nuevamente, lo que no debería ser más que un episodio oscuro de la historia del siglo pasado en este país, a saber, la subversión y el terrorismo de Estado hace tres décadas, penetra tan fuertemente en estos días que impulsó a miles de personas a un acto de derecha en Plaza San Martín para conmemorar a las víctimas del terrorismo el último jueves, seguido un día después por muchos miles más acudiendo en masa a una marcha de izquierda en Plaza de Mayo en nombre del testigo del juicio contra participantes de la “guerra sucia” Jorge Julio López.
En pocas palabras, el modelo político es exactamente lo contrario a un sistema bipartidista que comparte principios básicos; en su lugar, se fomenta constantemente la discordia sobre principios básicos en aras de concentrar poder. Mientras tanto, el tradicional sueño argentino de una sociedad inmigrante inclusiva se invierte por una retórica que alimenta al >resentimiento de los pobres mientras perpetúa su pobreza.
Y huelga decir que Kirchner ni siquiera respeta la historia de un siglo del partido radical al multiplicar las divisiones dentro de la oposición (divisiones que en última instancia, debería decirse con toda justicia, son obra de la oposición) -realizar estas divisiones es también muy útil para esconder la incomodidad dentro de las filas oficialistas por problemas como la desaparición de López.
Probablemente no haya mucho que se pueda hacer a nivel político contra esta estrategia ni tampoco parece tener mucho sentido objetar el derecho de Kirhcner a elegir su propia táctica dentro del esencialmente inescrupuloso mundo de la política. Quizás el aspecto donde deberíamos fijar los límites (y tal vez el único aspecto en el que la dividida oposición pueda posiblemente ponerse de acuerdo) es cuando esta estrategia pone en peligro las instituciones: todos deberían unirse para defenderlas.
El principio de “dividir para reinar” es al menos tan antiguo como el Imperio Romano, pero probablemente ayude más a explicar la estrategia política del presidente Néstor Kirchner que su denominación formal de “concertación”.El espíritu de unidad es completamente genuino cuando se trata de reunir a todo el mundo detrás de la causa presidencial: todos los partidos (incluido el peronismo al cual Kirchner ha estado adherido toda su vida) son sacrificados para tal fin.
Pero ese fin parece crecer con las polarizaciones y divisiones aparte de aquéllas por criterios clásicos de partidos políticos o clases sociales. De esta manera, Kirchner (casi sin ayuda) nacionalizó en la forma de disputa entre la Iglesia y el Estado, o que deberían ser elecciones de convencionales constituyentes en la lejana provincia de Misiones.
Nuevamente, lo que no debería ser más que un episodio oscuro de la historia del siglo pasado en este país, a saber, la subversión y el terrorismo de Estado hace tres décadas, penetra tan fuertemente en estos días que impulsó a miles de personas a un acto de derecha en Plaza San Martín para conmemorar a las víctimas del terrorismo el último jueves, seguido un día después por muchos miles más acudiendo en masa a una marcha de izquierda en Plaza de Mayo en nombre del testigo del juicio contra participantes de la “guerra sucia” Jorge Julio López.
En pocas palabras, el modelo político es exactamente lo contrario a un sistema bipartidista que comparte principios básicos; en su lugar, se fomenta constantemente la discordia sobre principios básicos en aras de concentrar poder. Mientras tanto, el tradicional sueño argentino de una sociedad inmigrante inclusiva se invierte por una retórica que alimenta al >resentimiento de los pobres mientras perpetúa su pobreza.
Y huelga decir que Kirchner ni siquiera respeta la historia de un siglo del partido radical al multiplicar las divisiones dentro de la oposición (divisiones que en última instancia, debería decirse con toda justicia, son obra de la oposición) -realizar estas divisiones es también muy útil para esconder la incomodidad dentro de las filas oficialistas por problemas como la desaparición de López.
Probablemente no haya mucho que se pueda hacer a nivel político contra esta estrategia ni tampoco parece tener mucho sentido objetar el derecho de Kirhcner a elegir su propia táctica dentro del esencialmente inescrupuloso mundo de la política. Quizás el aspecto donde deberíamos fijar los límites (y tal vez el único aspecto en el que la dividida oposición pueda posiblemente ponerse de acuerdo) es cuando esta estrategia pone en peligro las instituciones: todos deberían unirse para defenderlas.