jueves, agosto 17, 2006

 
No hay que confundir los roles: si por “escuela contenedora” se entiende un ámbito para que los chicos no estén en la calle, sería más fácil, económico y eficiente hacer un club. Si por “escuela de valores” se entiende un lugar donde la única preocupación es el desarrollo afectivo o espiritual y no el intelectual, nuevamente estamos ante la presencia de algo distinto a lo que debe ser una escuela. Lo ideal es una escuela que abarque todos los aspectos, pero nunca olvidemos que el primero es la adquisición de conocimientos.
Lo ideal es una escuela que abarque todos los aspectos, pero nunca olvidemos que el primero es la adquisición de conocimientos.
En el sistema de evaluación se adoptó un sistema mal llamado de “compensatorios” en lugar del tradicional sistema de promedios. Con este sistema, el alumno debía aprobar todos los temas importantes de cada materia. Si le había ido mal en un tema del primer trimestre, el docente debía darle oportunidades de rendirlo nuevamente (compensar) una y otra vez hasta que lo aprobase. Con esto se buscaba evitar esas lagunas que teóricamente le quedaban a los alumnos que nunca aprendían lo enseñado en el primer trimestre donde se habían sacado un uno aunque sabían perfectamente lo de los siguientes dos trimestres donde sacaban 10. ¡Como si un buen docente, responsable de su tarea, pudiese enseñar seis meses su materia sin nunca volver a citar lo del primer trimestre! El primer resultado: alumnos que no estudiaban, porque siempre iban a tener una oportunidad más, que no aprendieron el valor del esfuerzo permanente, de la responsabilidad, y docentes que dedicaron días enteros a reevaluar lo mismo, a corregir lo mismo, a dejar de avanzar. También se derogaron los exámenes, experiencias traumáticas que marcan a los niños de por vida. Entonces, las instancias de aprobación se convirtieron en cursos semanales donde el docente debía evaluar y reevaluar (porque lo que no se sabe el lunes quizá se aprende para el viernes) y donde el alumno jamás aprende a juntar todas sus fuerzas para enfrentar un desafío. Esto queda para la universidad, o para la primera entrevista de trabajo, o para algún otro momento intrascendente. El régimen disciplinario fue abolido. El llamado a la reflexión permanente, sin que nunca pase nada, se adoptó como sistema escolar de premios y castigos. Por favor a nadie se le ocurra expulsar a un chico de una escuela porque, pobre chico, se va a la calle. ¡Mejor traigamos la calle a la escuela! Combatamos el autoritarismo destruyendo la autoridad de manera que nadie pueda impulsar a los chicos a estudiar, a respetar. Por último, se aplicó un sistema de asistencia (o de inasistencias) donde para quedarse libre hay que faltar toda la semana –incluyendo sábados y domingos– y donde las llegadas tardes no se cuentan –total la responsabilidad de cumplir con la tarea diaria se aprenderá el día que se consiga trabajo y la puntualidad debe ser uno de los pocos hábitos que es más fácil adquirir de adulto que de chico–. Ésta es la manera en la que el gobierno de la provincia de Buenos Aires implementó el derecho de los educandos a recibir una educación que posibilite el desarrollo de su responsabilidad (artículo 43, inciso 1 de la Ley Federal de Educación). Ésta es la experiencia que muchos revivimos cuando se habla de la implementación. Después de varios años, de malos resultados y de un par de generaciones que fueron, salvo honrosas excepciones, mal educadas, primó el sentido común. Se volvió al promedio en Polimodal, se volvió a un sistema de inasistencias todavía generoso pero lógico, se volvió a las mesas de exámenes, se volvió a incorporar a los chicos de 13 a 15 años al secundario y muchos colegios –a través de acuerdos de convivencia coherentes– están reconstruyendo la autoridad y el ambiente de estudio en nuestras aulas. Todo, es verdad, con errores de implementación del tipo de los que mencionábamos al principio, de los que no cometen los buenos administradores. Hoy se propone una nueva estructura escolar, fundada en una nueva ley. Esta estructura necesitará nuevos reglamentos de evaluación, disciplina y asistencia. ¿Quién los va a redactar? ¿Qué criterios van a usar? ¿Serán los mismos pedagogos que con tantas ínfulas opinan sobre la educación y que tanta participación tuvieron en la primera implementación de la Ley Federal de Educación? ¿Volveremos a tropezar?





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