jueves, agosto 17, 2006

 
El simulacro de los finales seriales del peronismo que nunca termina de terminar.Asistimos al ocaso de la idea que se tiene, a favor o en contra, del peronismo. En tanto superado movimiento bonapartista de transformación social.Sesenta años después, el peronismo se encuentra reciclado en la fragilidad de un conjunto de franquicias diferenciadas. Es un peronismo a la carta. Convertido en un esqueleto redituablemente pragmático, que alcanza a llenarse de musculatura sentimental, adquirida en general en vísperas de las elecciones.En realidad, si el destino del peronismo consiste en desembocar en el componente de un partido vulgar, deja de resultar interesante. La idea de movimiento se reduce, en adelante, a una aventura del lenguaje.En lo personal, resulta relevante el fenómeno de la persistencia del peronismo, por la contradicción principal, asumida con un cierto cinismo consentido.La certeza de aceptar que el peronismo es exactamente lo que quiere que sea aquel que detenta el poder en un momento determinado de la historia.Al utopismo del centroderecha, o hacia la tranquilizadora concepción del centroizquierda. Pero siempre a la carta. Como gestor del supraestado protector, o como desguasadores del mismo estado todopoderoso que fracasa por colapso. O neoestatizadores de esquemas privatistas de recetario que también fracasaron.En el fondo, desde hace sesenta años, tanto como protagonista o como víctima, el peronismo se dedica a la homologación de fracasos nacionales.Antes de la última elección presidencial, cuando el poder lo detentaba Duhalde, mantuvo como principal motivación del accionar político la destrucción del archienemigo Menem.Lo venció, al final, Duhalde a Menem, a través de la tristeza de una derrota compartida.Al diluir las diferencias internas con las otras tres distintas propuestas para la elección general. Acabó Duhalde entonces potencialmente con su enemigo, aunque para autoaniquilarse con él.Una historia casi grotescamente envejecida, del peor manual de autoayuda para postulantes a traiciones básicas que ya ni siquiera se interpretan como defectos. A través de Kirchner, Duhalde lo saca del escenario a Menem. Aunque Kirchner lo expulsa después del escenario a Duhalde. Para transformarlo en mera carne de spa. La cuestión que la pleitesía, hoy, debe rendírsele a Kirchner, y encolumnársele.Kirchner representa la epopeya del infiltrado en el peronismo que convierte a los peronistas en infiltrados que casi secretamente deben celebrar la memoria de Perón.





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