jueves, agosto 17, 2006

 
El gobierno argentino nos envuelve en un sofisma que ofende la inteligencia del pueblo argentino, y que envenena su alma. Pocos daños peores se le pueden infligir a un pueblo que engañarlo y envenenarlo suministrándole una visión equivocada de sus derechos y libertades y del funcionamiento del mundo allá afuera. Porque las creencias que así se fomentan se transforman con el paso del tiempo en instituciones y éstas, en políticas que garantizan la insignificancia y el atraso nacional.
El Gobierno, por ignorancia o con conocimiento de causa, está destruyendo los últimos vestigios de racionalidad económica y las bases del orden social.
Ello puede ser el fruto de una o varias de estas razones: a) la ignorancia sobre cómo funciona una sociedad abierta; b) un prejuicio ideológico que perturba el entendimiento apasionándolo con utopías; c) una visión tan minúscula y restringida de la acción humana que no alcanza a percibir la magnitud del daño que se ocasiona con medidas impulsivas y contradictorias.
La enseñanza de Benedicto XVI En su primera carta apostólica, el papa Ratzinger señala que la tarea principal de un gobernante es establecer un orden social justo tanto en la Sociedad como en el Estado, advirtiendo que el término “justo” tiene una importancia sustancial en los tiempos que vivimos porque “si no se respeta la justicia, el Estado se convierte en una banda de ladrones” (citando a San Agustín, “De civitate Dei” IV, 4).





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